El centro de mando se comporta sutilmente agresivo, como siempre. La gente linda me lastima porque son ricos y lindos y bien bañados y peinados. La institución me lastima porque esconde su corazón podrido bajo capas de barniz y maderas finas.
Los odio a todos. Y los desprecio. Pero también me siento débil y solo. Ideológicamente solo, pero también abandonado. Todos ellos y yo estamos enfrentados; me siento mal por el grado de hipocresía que representa no declararles guerra frente a frente.
Pero llegando a la biblioteca -el único reducto de mi seguridad- las computadoras del catálogo ofrecen bonita sorpresa. Alguien ha estado buscando a Bakunin.
Miro la pantalla con una mezcla de extrañeza y felicidad e imagino febrilmente a una hermosa contemporánea universitaria interesada en el anarquismo decimonónico. No importa que quiera deshacer al gordo, no importa que quiera burlarse de sus postulados y su radicalismo. Lo único que es bueno es que esta belleza imaginada lee a Bakunin. El gordo viajará por su cabeza y pervertirá algunas de sus neuronas. Tal vez las otras las sometan y logren reducirlas en un rincón, para asegurar la continuidad del adoctrinamiento neoliberal. Pero algo en su conciencia Bakunin habrá logrado seducir, lo contrario es imposible.
Después pienso en los dos esnobs que he visto caminar por los pasillos. A el joven Trotsky, con sus pantalones khakis y sus lentes sin moldura, y el imitador de Dalí, galanazo pero chaparrín.
Alguno de ellos dos ha estado husmeando los escritos del gordo en esta biblioteca.
La vida no es tan bonita como para que una bella amazona como la que imagino, halla pasado sus suaves dedos burgueses sobre la pasta del Ensayo sobre la libertad.
Los odio a todos. Y los desprecio. Pero también me siento débil y solo. Ideológicamente solo, pero también abandonado. Todos ellos y yo estamos enfrentados; me siento mal por el grado de hipocresía que representa no declararles guerra frente a frente.
Pero llegando a la biblioteca -el único reducto de mi seguridad- las computadoras del catálogo ofrecen bonita sorpresa. Alguien ha estado buscando a Bakunin.
Miro la pantalla con una mezcla de extrañeza y felicidad e imagino febrilmente a una hermosa contemporánea universitaria interesada en el anarquismo decimonónico. No importa que quiera deshacer al gordo, no importa que quiera burlarse de sus postulados y su radicalismo. Lo único que es bueno es que esta belleza imaginada lee a Bakunin. El gordo viajará por su cabeza y pervertirá algunas de sus neuronas. Tal vez las otras las sometan y logren reducirlas en un rincón, para asegurar la continuidad del adoctrinamiento neoliberal. Pero algo en su conciencia Bakunin habrá logrado seducir, lo contrario es imposible.
Después pienso en los dos esnobs que he visto caminar por los pasillos. A el joven Trotsky, con sus pantalones khakis y sus lentes sin moldura, y el imitador de Dalí, galanazo pero chaparrín.
Alguno de ellos dos ha estado husmeando los escritos del gordo en esta biblioteca.
La vida no es tan bonita como para que una bella amazona como la que imagino, halla pasado sus suaves dedos burgueses sobre la pasta del Ensayo sobre la libertad.
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